miércoles, 27 de noviembre de 2013

The Real Toy Story


La verdadera historia tras los juguetes.


Son el alma y corazón del capitalismo. Cosas bonitas cargadas de miseria. Alegría industrial. Regalos envenenados. En el centro de la explotación las sonrisas frente a la cámara se congelan en amargura.


Los cuerpos vivos se amontonan entre las piernas y brazos de plástico, los cuerpos de plástico, los héroes infantiles de plástico. Sobreviven, comen y duermen rodeados de los regalos de unos pocos.


Y trabajan. Repiten mecánicamente el mismo gesto una y otra y otra vez, hasta que su cuerpo se adecúa a la más indigna repetición. Hasta convertirse en los muñecos que hacen muñecos.


El consumo sanciona la situación productiva. ¿Qué importa el hacinamiento, siempre que lo sufra quien nos es ajeno? Compramos la desgracia de muchos para sembrar un algo de alegría exigua en unos pocos.


Estas navidades las niñas chinas le han pedido a Papa Noel no tener (que fabricar) tantos regalos.


 Cuando se acercan ciertas fechas no está de más recordarlo.



(Todas las fotografías son de Michael Wolf)

miércoles, 16 de octubre de 2013

Black power








Hace ya 45 años que Smith y Carlos levantaron el puño contra la discriminación racial mientras sonaba el himno del país que unos meses antes había visto morir a Martin Luther King. Serían sancionados de por vida.

La lucha sigue.


martes, 8 de octubre de 2013

Career opportunities



Career opportunities are the ones that never knock
Every job they offer you is to keep you out the dock
Career opportunity, the ones that never knock




lunes, 30 de septiembre de 2013

Tiempo para un sueño



"siendo noche en el valle, el frío se adueñó de todo.
hizo suya mi voz, me robo las ideas,
y le descubrí abriendo la colección de mis sueños."



martes, 24 de septiembre de 2013

Ask the Dust




Has leido a Nietzsche, has leido a Voltaire, tendrías que saber más que nadie a estas alturas. Pero pensar no serviría de nada. Podría salir del apuro con ayuda de la razón, pero la razón no era la sangre. Y era la sangre que me mantenía con vida, era la sangre que me circulaba por las venas que me decía que la razón no tenía razón. De modo que me sumergí en mi propia sangre, dejé que me arrastrase y me remontara al piélago profundo de mis orígenes. [...] Podía aportar explicaciones matemáticas, filosóficas, psicológicas, lo podía explicar de cien maneras distintas, pero me había equivocado, porque no había forma de ocultar el ritmo cálido y uniforme de la culpabilidad.

Pregúntale al polvo. John Fante





viernes, 20 de septiembre de 2013

Cumpliendo años



Hace unos meses volvimos a amanecer borrachos en pirámides. Después de desayunar churros con cerveza acabamos la noche durmiendo en el suelo, en medio del puente del parque, con el sol despuntando.

Nos despertaron un par de amigas que se habían ido a mear. El parque seguía allí, como durante todo este tiempo. Me di una vuelta más por mi memoria. Era como retroceder 10 años, pero allí no había nadie de los de antes. Ni siquiera yo.

Recuerdo hace años pasar por el parque sin quedar con nadie y encontrar a los colegas. Bajar por la rampa con un litro en la mano hacia el parque de Verola (otro lugar de peregrinación sagrado) cuando no aparecía nadie, por si andaban enrollados. O ir a comprar cigarros sueltos y cerveza al chino del dos parques, que hoy ni siquiera existe ya. Los biturbos de Rachel, fumados en ambulancia o con una botella haciendo de cachimba. Me acuerdo de enrollarme con la pija de Virginia frente al burguer, a espaldas de su novio, que luego dejaría de hablarme. O acompañar a la Orozco hasta la parada del bus con ganas de liarnos, pero evitándolo. Recuerdo vagamente la charla con Raquel después de eso, tenía razón al decir que fui un capullo. Me acuerdo que un día sin venir a cuento me tiró una lata a la cara. Supongo que me lo merecía...

Recuerdo el intento fallido de asaltar la piscina pública de mi infancia.

El primer pedo me lo pillé con el Cid y una botella de Martini. Conocí la sensación que me acompañaría los siguientes años. Me acuerdo de muchos días bajando con Ponte desde el Lidl de embajadores con garrafas de sangría, lo más barato para emborracharse. Las pillábamos antes de los conciertos y a la mañana siguiente despertabas con la boca negra y diarrea. Un día llenamos un carro de vino y cocacola para beber todos los del parque. Éramos una generación que daba auténtica pena, estábamos enganchados a la melancolía, al fracaso y a los amores etílicos.

Años antes habíamos montado hogueras en el parque. Las saltábamos como si fuese San Juan. Calentábamos en ellas nubes de gominola y nos las comíamos con sabor a humo. Recuerdo las luces de policía y las carreras. Acabar frente a un muro con las manos en la pared y las piernas separadas. El día que me amenazaron con un destornillador para intentar robarme y volvimos a ser nosotros los que acabamos enganchados por la policía para registrarnos.

Una mañana me arrancaron el móvil de las manos y me llevé un par de patadas de regalo. Llamé a la gente, nos juntamos unos pocos y encontramos a los gilipollas, nos encaramos y reventaron el movil contra el suelo antes de largarse. Recuerdo llamar después a una ex para pedirle el número de mi novia.

El primer día que bebimos con Vilchis la policía nos registró cuatro veces. Descojonados, mientras nos miraban los bolsillos me dijo que no volvería a salir conmigo. Una noche, poco después, acabaríamos juntos, él completamente empapado en vino y llamando a amigas dispuestas a follarle

Recuerdo la vez que me fui de pellas al cumple de una tia del instituto que apenas conocía, y cómo acabamos cantando Manolo Kabezabolo como unos pirados imbéciles. No sé si volvimos a vernos después de eso. Por aquel entonces parece que a todos nos encantaba cantar a gritos. Dónde están mis amigos. Canciones que ahora cobran mayor significado. Yo me empeñaba, sin éxito, en cantar Burning en lugar de Ska-P.

No siempre bebíamos. Algunos días de verano acabábamos hinchados a helado, jugando con los malabares y las cariocas, recitando los versos más cutres de Extremoduro. El helado "energético" era de color naranja radioactivo.

En fin, que hace poco volví a despertar en pirámides, pero habían pasado más de 10 años. No había nadie de entonces por allí. Ni siquiera yo.

Tengo 25 y me he escapado del barrio. Tengo trabajo (más o menos), coche y voy al cajero cuando no tengo pasta, en lugar de mendigar o tirar de los colegas. Tengo una sobrina que me alegra la vida cada vez que la abrazo. También hay otro en camino. Han pasado tantas cosas que ni siquiera me animo a contar... Ahora brindamos sobre todo con zumos y Aquarius.

Y, pese al tiempo, sigo enganchado a la melancolía y el fracaso.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

El herido



                  I

Por los campos luchados se extienden los heridos.
Y de aquella extensión de cuerpos luchadores
salta un trigal de chorros calientes, extendidos
en roncos surtidores.

La sangre llueve siempre boca arriba, hacia el cielo.
Y las heridas suenan, igual que caracolas,
cuando hay en las heridas celeridad de vuelo,
esencia de las olas.

La sangre huele a mar, sabe a mar y a bodega.
La bodega del mar, del vino bravo, estalla
allí donde el herido palpitante se anega,
y florece, y se halla.

Herido estoy, miradme: necesito más vidas.
La que contengo es poca para el gran cometido
de sangre que quisiera perder por las heridas.
Decid quién no fue herido.

Mi vida es una herida de juventud dichosa.
¡Ay de quien no esté herido, de quien jamás se siente
herido por la vida, ni en la vida reposa
herido alegremente!

Si hasta a los hospitales se va con alegría,
se convierten en huertos de heridas entreabiertas,
de adelfos florecidos ante la cirugía.
de ensangrentadas puertas.

                  II

Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.

Miguel Hernández