viernes, 31 de mayo de 2013
jueves, 30 de mayo de 2013
La silla de Fernando
Fernando siempre ha sido un grande.
A mi profesor de Literatura en el colegio nunca le agradeceré lo suficiente muchas de las cosas que hizo. Que quede al menos aquí constancia de una: Nos proyectó La lengua de las mariposas durante un par de clases y nos habló de un tal Fernán Gómez. Un viejo gruñón que, en esa película, representaba los ideales de izquierda en su papel de maestro republicano.
A varios de nosotros nos sonaba de la televisión, le recordábamos mandando a la mierda a algún imbecil o haciendo de timador de bar en Los ladrones van a la oficina. Luego descubrimos que ese viejo se había formado como actor durante la Guerra Civil gracias a la CNT. Siempre se sintió anarcosindicalista desde entonces, por lo que pidió que la bandera rojinegra cubriese su ataud tras su muerte.
Todo eso le daba un cierto aire idealizado en mi cabeza. Por eso me sorprendió tanto oirle en el documental La silla de Fernando. Relatando sus defectos y sus juergas como una persona cualquiera, sin darles mayor importancia.
Hablar de la bebida como él lo hace, con sinceridad y dureza, es triste.
martes, 28 de mayo de 2013
Mírame
Mírame
aprovechando mi vida, creyendo que soy yo quien controla mis decisiones
y acudiendo puntual a cualquier oferta que me llegue a través de todo
ese montón de medios de difusión masivos.
Mírame aprovechando cada minuto, escuchando cada segundo, atendiendo todo el tiempo cada vez que se suena los mocos, cada vez que tose, anotando cada indicación que realiza en su pizarra, mírame estudiando. Mírame aspirando a independizarme, o mírame tratando de que mis padres se enorgullezcan de mí, o mírame, triunfando, autosuperándome, buscando ese trabajo que me guste y me permita creer que soy feliz y sorprenderme cuando, después de todo, aún siga aburrido.
Mírame siendo un ciudadano responsable y acudiendo a votar a cualquier líder político que se exprese de manera que yo entienda que va a beneficiar a mi bolsillo en los próximos cuatro años y va a satisfacer mi creciente frustración personal y mi profundo sentimiento de culpabilidad mal llevado y rudimentariamente oculto bajo una espesa capa de autocomplacencia.
Mírame tratando de mantener mi atractivo eternamente, gastando grandes sumas de mi sueldo mensual más comisiones e incentivos en crema hidratante, loción anti-arrugas, y tinte capilar.
Mírame creyendo que seré perfecto algún día y que el hecho de torturar y confundir de manera increíblemente sofisticada a la par que cruel a mi descendencia, mientras la desequilibro siguiendo el procedimiento que usaron en el pasado mis padres conmigo, es decir, volcando en ella todo el dolor y los traumas de un nacimiento y una infancia artificiales y espantosos, la llevará directa hacia la felicidad, esa cárcel en la que intento día a día y noche a noche encerrarme.
Mírame, tratando de pisar firme, y llevar la cabeza bien alta, demostrando al mundo que un complejo de inferioridad puede manipularse para aparentar que uno se siente bien y seguro consigo mismo y así poder ligar con ejemplares autómatas iguales que yo en el trabajo o en cualquier otro lugar, aunque no llegue a nada, aunque sólo sea por demostrarme que aún sigo siendo joven, atractivo, fuerte y deseado, aunque sólo sea para añadir a mi aburrida vida un poco de emoción al imaginar a la persona a la que no conozco pero con la que, incomprensiblemente, me casé, descubriéndome.
Mírame. Y suéltalo de una vez, porque sé que lo has pensado y lo llevas dentro, tratando de escaparse de entre tus cuerdas vocales, buscando la luz, una salida, desde que comencé a decir todo esto.
Mírame y dime. ¿Cuánto nos parecemos?
Mírame aprovechando cada minuto, escuchando cada segundo, atendiendo todo el tiempo cada vez que se suena los mocos, cada vez que tose, anotando cada indicación que realiza en su pizarra, mírame estudiando. Mírame aspirando a independizarme, o mírame tratando de que mis padres se enorgullezcan de mí, o mírame, triunfando, autosuperándome, buscando ese trabajo que me guste y me permita creer que soy feliz y sorprenderme cuando, después de todo, aún siga aburrido.
Mírame siendo un ciudadano responsable y acudiendo a votar a cualquier líder político que se exprese de manera que yo entienda que va a beneficiar a mi bolsillo en los próximos cuatro años y va a satisfacer mi creciente frustración personal y mi profundo sentimiento de culpabilidad mal llevado y rudimentariamente oculto bajo una espesa capa de autocomplacencia.
Mírame tratando de mantener mi atractivo eternamente, gastando grandes sumas de mi sueldo mensual más comisiones e incentivos en crema hidratante, loción anti-arrugas, y tinte capilar.
Mírame creyendo que seré perfecto algún día y que el hecho de torturar y confundir de manera increíblemente sofisticada a la par que cruel a mi descendencia, mientras la desequilibro siguiendo el procedimiento que usaron en el pasado mis padres conmigo, es decir, volcando en ella todo el dolor y los traumas de un nacimiento y una infancia artificiales y espantosos, la llevará directa hacia la felicidad, esa cárcel en la que intento día a día y noche a noche encerrarme.
Mírame, tratando de pisar firme, y llevar la cabeza bien alta, demostrando al mundo que un complejo de inferioridad puede manipularse para aparentar que uno se siente bien y seguro consigo mismo y así poder ligar con ejemplares autómatas iguales que yo en el trabajo o en cualquier otro lugar, aunque no llegue a nada, aunque sólo sea por demostrarme que aún sigo siendo joven, atractivo, fuerte y deseado, aunque sólo sea para añadir a mi aburrida vida un poco de emoción al imaginar a la persona a la que no conozco pero con la que, incomprensiblemente, me casé, descubriéndome.
Mírame. Y suéltalo de una vez, porque sé que lo has pensado y lo llevas dentro, tratando de escaparse de entre tus cuerdas vocales, buscando la luz, una salida, desde que comencé a decir todo esto.
Mírame y dime. ¿Cuánto nos parecemos?
lunes, 27 de mayo de 2013
domingo, 26 de mayo de 2013
Barbecue
El humo de la terraza llega hasta la calle. Somos un par de hambrientos y nos maltrata el olor a barbacoa. Dos vecinas cargadas de maletas nos abren y tenemos que echarles una mano con los bultos. Nosotros vamos a lo más alto, donde ondea la bandera pirata.
Subimos y la cosa mejora. Recibimiento con una taza de sangría y conversaciones entre cultas y estúpidas. A ratos más cultas y a ratos, los mejores, más estúpidas.
Un mago gallego, una anarquista madrileña, un arqueólogo murciano y otros cuantos. Parece un chiste. Avivamos las brasas con un secador de pelo, eso sí que es de chiste.
Comemos como guarros, con las manos llenas de grasa. Luego sacan unos postres arcanos que nos gustan a todos. Aunque les falta coco, o les sobra coco, o saben mucho a calabaza, o están demasiado ácidos, o demasiado dulces. Eso sí, a todos nos gustan (somos exigentes).
Dan las doce y cantamos el cumpleaños feliz. Tres veces. Una en versión Parchís. Luego todo el mundo prefiere olvidar lo ocurrido.
Cuando sea viejo y pueda mearme alegremente en los pantalones me acordaré de la barbacoa en la terraza pirata. Y del jodido secador de pelo.
sábado, 25 de mayo de 2013
Don't waste your time
We have the keys to your back door,
we mix your wine with novocaine.
We spy your mail when you're not home,
know everything.
Take your time, embrace our might,
we're the squeaking noise that you hear at night.
Realize you ain't got no rights.
And we're always there when you cross the line.
We have the keys to your back door,
we mix your wine with novocaine.
We spy your mail when you're not home,
you ain't got no secrets.
And your never, ever, safe.
Go reject being alive,
you'll be a happier citizen in the morning.
Shut that mouth time to stand in line.
No oportunity to know where you're going.
We have the keys to your back door,
we mix your wine with novocaine.
We spy your mail when you're not home,
you ain't got no secrets.
And your never, ever, safe.
We control your life.
jueves, 23 de mayo de 2013
Empujando...
Ayer me dejé las luces del coche dadas y hoy, al tratar inutilmente de arrancarlo, se ha vuelto jodidamente loco. Sin apenas batería, los limpiaparabrisas han empezado a moverse espasmódicamente y las luces a parpadear pidiendo socorro. Para despedirse, la carrocería me ha dado un chispazo al salir.
Se me ocurrió que podría ser una metáfora irónica y macabra del momento de mi vida: No tienes fuerza, no vas a ningún lado. Si eso te parece poco, te va a doler. Lo de ponerse filosófico es, creedme, una auténtica mierda.
Así que hemos empujado el coche. Mi cuñado ha resbalado y se ha dejado la piel de la rodilla sobre el asfalto. No ha servido de nada, porque aquello era incapaz de arrancar, ni rodando cuesta abajo. Es curioso ver el símbolo del progreso convertido en un peso muerto, un inservible montón de plástico y metal. Solo después de enchufarle las pinzas y acelerarlo ha recuperado su absurda vida mecánica, aunque al ralentí perdía fuerza y se apagaba.
Y bueno... igual no merece la pena seguir con la metáfora. Solo es un absurdo coche al fin y al cabo. ¿Moraleja? Supongo que a todos, en algún momento, nos toca tragar humo.
Viva la vie!
PD: En realidad no era mi coche, sino el de mi hermana. El mio no tiene radio, a veces no tiene ni frenos y probablemente a estas alturas no tenga ni gasolina. Un detalle no debería estropear una buena historia.
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