—Tranquila, ya vas a ver, sólo espera a que lleguemos.
De manera intermitente, la luz naranja del túnel iluminaba las caras de las dos hermanas.
—Ya verás —Repitió Irene—. Hay tiendas de juguetes grandes como una casa.
La pequeña Marina abría enormemente los ojos ante la perspectiva que dibujaba su hermana.
El metro las transportaba velozmente en dirección a Zaragoza, acompañadas de sus padres.
—Aún me impresiona poder recorrer España en metro, ¡y a esta velocidad! —dijo Javier.
—Sí, aunque echo de menos la superficie, respirar algo de aire. —Pedro recordó los viajes en coche que había hecho de joven. Ahora el calor hacía intransitable la meseta durante el día, y muy pocos disponían de vehículo privado.
— Tranquilo, gordo. Enseguida estamos.
De repente, una voz sonó por los altavoces anunciando una parada imprevista por problemas técnico en una estación de nombre irreconocible.
—Vamos afuera —dijo Pedro con una sonrisa cuando el tren se hubo detenido por completo.
—¡Juguetes! —Marina estaba ansiosa por encontrar las maravillas de las que hablaba su hermana.
—No, tonta, no es aquí —Contestó Irene. Ya en la superficie, las dos descubrieron a su alrededor amplias praderas de campo, un paisaje con casas visiblemente abandonadas y sin comercios.
—¿De dónde vienen ustedes? —les preguntó una señora que jugueteaba con hebras de paja entre sus manos.
—De Madrid —Respondió sonriente Irene, mientras sus padres asentían.
—No encontrarán ya mucho por aquí. Los trenes pasan ahora bajo tierra y raramente paran.
En realidad estaban prendidos del inesperado paisaje, decadente pero hermoso.
—¿Queréis un regalo, canijas? —la mujer les mostraba unos mimbres atados con forma de perro. Ellas aceptaron el regalo ilusionadas y le dieron las gracias. En Madrid nadie regalaba ya nada, y menos juguetes.
Justo en ese momento sonaba el silbato del tren, que les llamaba de vuelta. Se despidieron con prisa y descendieron de nuevo a las profundidades. El lujoso metro no tardó en arrancar de nuevo hacia el destino esperado. Toda la familia partía ahora con el convencimiento de dejar atrás un pliego del espacio, un lugar secreto que sobrevivía incomunicado.
De manera intermitente, la luz naranja del túnel iluminaba las caras de las dos hermanas.
—Ya verás —Repitió Irene—. Hay tiendas de juguetes grandes como una casa.
La pequeña Marina abría enormemente los ojos ante la perspectiva que dibujaba su hermana.
El metro las transportaba velozmente en dirección a Zaragoza, acompañadas de sus padres.
—Aún me impresiona poder recorrer España en metro, ¡y a esta velocidad! —dijo Javier.
—Sí, aunque echo de menos la superficie, respirar algo de aire. —Pedro recordó los viajes en coche que había hecho de joven. Ahora el calor hacía intransitable la meseta durante el día, y muy pocos disponían de vehículo privado.
— Tranquilo, gordo. Enseguida estamos.
De repente, una voz sonó por los altavoces anunciando una parada imprevista por problemas técnico en una estación de nombre irreconocible.
—Vamos afuera —dijo Pedro con una sonrisa cuando el tren se hubo detenido por completo.
—¡Juguetes! —Marina estaba ansiosa por encontrar las maravillas de las que hablaba su hermana.
—No, tonta, no es aquí —Contestó Irene. Ya en la superficie, las dos descubrieron a su alrededor amplias praderas de campo, un paisaje con casas visiblemente abandonadas y sin comercios.
—¿De dónde vienen ustedes? —les preguntó una señora que jugueteaba con hebras de paja entre sus manos.
—De Madrid —Respondió sonriente Irene, mientras sus padres asentían.
—No encontrarán ya mucho por aquí. Los trenes pasan ahora bajo tierra y raramente paran.
En realidad estaban prendidos del inesperado paisaje, decadente pero hermoso.
—¿Queréis un regalo, canijas? —la mujer les mostraba unos mimbres atados con forma de perro. Ellas aceptaron el regalo ilusionadas y le dieron las gracias. En Madrid nadie regalaba ya nada, y menos juguetes.
Justo en ese momento sonaba el silbato del tren, que les llamaba de vuelta. Se despidieron con prisa y descendieron de nuevo a las profundidades. El lujoso metro no tardó en arrancar de nuevo hacia el destino esperado. Toda la familia partía ahora con el convencimiento de dejar atrás un pliego del espacio, un lugar secreto que sobrevivía incomunicado.


