Hay una puerta abierta y la luz se desparrama por las paredes y el suelo. Traza un reguero, rompiendo la oscuridad como una mancha blanca. Avanza, sube a la cama por las patas, rebota en los espejos, salta, ilumina los cuerpos, la ropa tirada y las sábanas arrugadas (que no resguardan).
Es aún pronto y se abren dos ojos, como un abismo al mar. Excluyen, conectan. Parpadean. Los veo, los alcanza esa luz líquida que nos inunda. Inconscientes, respiramos en ella. El ambiente es húmedo y cálido, más tórrido que primaveral, en algún lugar se provocó un gran incendio.
Hay un ventilador que gira y estamos sudando. Desnudos y tumbados apenas nos rozamos, hasta que nos rozamos. Nos miramos, nos acomodamos, nos acariciamos. Las respiraciones se aceleran. Las aspas revuelven el tiempo: mezclan, amasan, enredan.
Pronto se hizo tarde. Suena la responsabilidad y hay prisas, nervios, urgencia. Corremos, saltamos a la calle, corremos.
En alguna parte las llamas seguían ardiendo.



