Has leido a Nietzsche, has leido a Voltaire, tendrías que saber más que nadie a estas alturas. Pero pensar no serviría de nada. Podría salir del apuro con ayuda de la razón, pero la razón no era la sangre. Y era la sangre que me mantenía con vida, era la sangre que me circulaba por las venas que me decía que la razón no tenía razón. De modo que me sumergí en mi propia sangre, dejé que me arrastrase y me remontara al piélago profundo de mis orígenes. [...] Podía aportar explicaciones matemáticas, filosóficas, psicológicas, lo podía explicar de cien maneras distintas, pero me había equivocado, porque no había forma de ocultar el ritmo cálido y uniforme de la culpabilidad.
Pregúntale al polvo. John Fante




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