viernes, 22 de noviembre de 2019

Paseando por Nueva Crobuzon


Me siento reducido, compelido a adorar esa extraordinaria presencia parida en el encuentro de dos ríos. Es la vasta contaminación, es hedor, es un claxon chillando. Gruesas chimeneas vomitan polvo hacia el cielo, aun a esta hora de la noche. No es la corriente la que nos arrastra hacia la ciudad, sino su peso. Débiles gritos, las llamadas de la bestia aquí y allá, el martilleo obsceno de las grandes máquinas fabriles. Las vías férreas recorren la anatomía urbana como venas prominentes. Ladrillo rojo y paredes oscuras, iglesias achaparradas y cavernícolas, toldos rasgados batidos por el viento, laberintos empedrados en la zona vieja, callejones sin salida, alcantarillas surcando la tierra como sepulcros seculares, un nuevo paisaje de desperdicio, piedra machacada, bibliotecas ahítas de libros olvidados, viejos hospitales, torres, barcos y garras metálicas que alzan los cargamentos del agua.

La estación de la calle Perdido, China Miéville

lunes, 8 de abril de 2019

404



Busco esperanza
en mis semejantes
reconocerme entre los charcos.

Oigo vibrar a la mar
en las noches tristes
cuando se calla el viento.

Morir siendo un vagabundo en París
como Oscar Wilde
y salvar el Olympia
como Edith

Quiero quemar
la culpa y gritar
'Non, je ne regrette rien'.

No va a salir bien.
No va a salir bien.
No va a salir bien.

Lástima de astillas en los dedos
de nudos marineros
que no me dejan ir.

Todos somos víctimas del miedo
del vértigo a la inmensidad
de la existencia.