Hace unos meses volvimos a amanecer borrachos en pirámides. Después de desayunar churros con cerveza acabamos la noche durmiendo en el suelo, en medio del puente del parque, con el sol despuntando.
Nos despertaron un par de amigas que se habían ido a mear. El parque seguía allí, como durante todo este tiempo. Me di una vuelta más por mi memoria. Era como retroceder 10 años, pero allí no había nadie de los de antes. Ni siquiera yo.
Recuerdo hace años pasar por el parque sin quedar con nadie y encontrar a los colegas. Bajar por la rampa con un litro en la mano hacia el parque de Verola (otro lugar de peregrinación sagrado) cuando no aparecía nadie, por si andaban enrollados. O ir a comprar cigarros sueltos y cerveza al chino del dos parques, que hoy ni siquiera existe ya. Los biturbos de Rachel, fumados en ambulancia o con una botella haciendo de cachimba. Me acuerdo de enrollarme con la pija de Virginia frente al burguer, a espaldas de su novio, que luego dejaría de hablarme. O acompañar a la Orozco hasta la parada del bus con ganas de liarnos, pero evitándolo. Recuerdo vagamente la charla con Raquel después de eso, tenía razón al decir que fui un capullo. Me acuerdo que un día sin venir a cuento me tiró una lata a la cara. Supongo que me lo merecía...
Recuerdo el intento fallido de asaltar la piscina pública de mi infancia.
El primer pedo me lo pillé con el Cid y una botella de Martini. Conocí la sensación que me acompañaría los siguientes años. Me acuerdo de muchos días bajando con Ponte desde el Lidl de embajadores con garrafas de sangría, lo más barato para emborracharse. Las pillábamos antes de los conciertos y a la mañana siguiente despertabas con la boca negra y diarrea. Un día llenamos un carro de vino y cocacola para beber todos los del parque. Éramos una generación que daba auténtica pena, estábamos enganchados a la melancolía, al fracaso y a los amores etílicos.
Años antes habíamos montado hogueras en el parque. Las saltábamos como si fuese San Juan. Calentábamos en ellas nubes de gominola y nos las comíamos con sabor a humo. Recuerdo las luces de policía y las carreras. Acabar frente a un muro con las manos en la pared y las piernas separadas. El día que me amenazaron con un destornillador para intentar robarme y volvimos a ser nosotros los que acabamos enganchados por la policía para registrarnos.
Una mañana me arrancaron el móvil de las manos y me llevé un par de patadas de regalo. Llamé a la gente, nos juntamos unos pocos y encontramos a los gilipollas, nos encaramos y reventaron el movil contra el suelo antes de largarse. Recuerdo llamar después a una ex para pedirle el número de mi novia.
El primer día que bebimos con Vilchis la policía nos registró cuatro veces. Descojonados, mientras nos miraban los bolsillos me dijo que no volvería a salir conmigo. Una noche, poco después, acabaríamos juntos, él completamente empapado en vino y llamando a amigas dispuestas a follarle
Recuerdo la vez que me fui de pellas al cumple de una tia del instituto que apenas conocía, y cómo acabamos cantando Manolo Kabezabolo como unos pirados imbéciles. No sé si volvimos a vernos después de eso. Por aquel entonces parece que a todos nos encantaba cantar a gritos. Dónde están mis amigos. Canciones que ahora cobran mayor significado. Yo me empeñaba, sin éxito, en cantar Burning en lugar de Ska-P.
No siempre bebíamos. Algunos días de verano acabábamos hinchados a helado, jugando con los malabares y las cariocas, recitando los versos más cutres de Extremoduro. El helado "energético" era de color naranja radioactivo.
En fin, que hace poco volví a despertar en pirámides, pero habían pasado más de 10 años. No había nadie de entonces por allí. Ni siquiera yo.
Tengo 25 y me he escapado del barrio. Tengo trabajo (más o menos), coche y voy al cajero cuando no tengo pasta, en lugar de mendigar o tirar de los colegas. Tengo una sobrina que me alegra la vida cada vez que la abrazo. También hay otro en camino. Han pasado tantas cosas que ni siquiera me animo a contar... Ahora brindamos sobre todo con zumos y Aquarius.
Y, pese al tiempo, sigo enganchado a la melancolía y el fracaso.




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