Inmerso en la actividad, Nirgal era feliz la mayor parte del tiempo. Sin embargo, cierto día, al salir de la escuela y ver el edificio del comedor en vez de los grandes troncos del Creciente Guardería, se detuvo como herido por el rayo. El viejo mundo familiar había desaparecido para siempre. Así trabajaba el tiempo. Experimentó una dolorosa sensación de pérdida y se le llenaron los ojos de lágrimas. Todo aquel día anduvo aturdido y distante, viendo las cosas despojado de toda emoción, aislado como después de la muerte de Simón, exiliado en el mundo blanco más allá del mundo verde. No sabía si alguna vez podría librarse de esa melancolía. Los días de su niñez habían terminado, igual que Zigoto, y nunca volverían. Y ese día terminaría y se borraría también, esa cúpula se sublimaría poco a poco y acabaría por resquebrajarse. Nada perduraría. Entonces, ¿que sentido tenía todo? La pregunta lo atormentaba y le arrebataba el color y el sabor a todas las cosas.
—¿Por qué hacemos todo esto, Hiroko? ¿Por qué nos molestamos en hacerlo si al fin todo acaba siendo blanco, sin importar cuánto nos esforcemos? —dijo Nirgal.
Uno podía preguntárselo todo a Hiroko, incluso lo trascendental. Ella lo miró con la cabeza inclinada a un lado, como un pájaro, y Nirgal pensó que aquella postura delataba el afecto que Hiroko sentía por él. No podía asegurarlo, sin embargo: cuanto mayor era, menos entendía a Hiroko y al mundo.
—Es triste que el viejo hogar haya desaparecido —dijo ella—. Pero tenemos que pensar en lo venidero. Eso también es viriditas: concentrarse no en lo que hemos creado, sino en lo que crearemos. La cúpula era como una flor que se marchita y muere, pero que lleva en ella la semilla de una nueva planta, que al crecer da nuevas flores y semillas. El pasado se ha ido, y pensar en el sólo te procurará tristeza. [...] Pero aquí estamos ahora, tú y yo, rodeados de estas plantas y estas gentes, si piensas en ellas y en cómo ayudarlas a crecer y medrar otra vez, sientes el kami que llena todas las cosas, y eso es todo lo que necesitas. Nosotros sólo podemos vivir el momento.
—¿Y el pasado? —Ella rió.
—Vaya, estás creciendo, Nirgal. Bien, tienes que recordar el pasado de cuando en cuando. Fueron años buenos, ¿no es cierto? Tuviste una infancia feliz, y eso es una bendición. Pero también los días que estamos viviendo son buenos.
Kim Stanley Robinson



