A la larga, la cárcel me ha dejado sin gusto por la narración. Se me desgasta la memoria, igual que los rollos viejos de las películas. Pero sigue siendo inflamable, igual que el nitrato de plata del celuloide.
A estas horas, prefiero leer Bouvard et Pécuchet. Lo abro por el período 68/88.
¿Qué decir de esta memoria oficial que disculpa las verdades de las décadas cuando ya han finalizado los hechos? Después de los fusilados del 17, la colaboración... Se lloran unas cuantas flores sobre los amotinados, se enarbola el fantasma de Vichy; se juzga a Papin y a Touvier. Y listo. ¡Ahora se están investigando las torturas de Argelia! Así es como, cuando ya ha pasado cualquier peligro inmediato, se le da forma al pasado. Se pule. Y se le quita la espoleta a la Historia al limpiar de minas la memoria. Los maestros opinan que no hay que leer la historia toda seguida, sino imagen a imagen, lección a lección. Con breves resúmenes en la parte de abajo de la página, con recuadros de colores, como en nuestros libros de texto de antaño.
En los tiempos en que nos enfrentábamos a la dictadura de Franco, La Dépéche, el diario de Toulouse, se enrollaba con el fetichismo antiterrorista. Censuraba a esos alocados que enturbiaban las buenas relaciones con nuestros vecinos ibéricos. Cosa que habría resultado de lo más trivial a no ser porque por entonces el redactor jefe del periódico de la democracia era Rene Bousquet, ex jefe de la milicia de Vichy. ¿Acaso se había arrepentido para volver a ocupar un sitio en el ámbito del poder?
Aquí está la convocatoria de bloqueo. Dos hojas: una carta para el ministerio y una lista de reivindicaciones más bien heteróclitas que retratan a esta muchedumbre de presos que nunca sabe separar del resto lo esencial de su condición. Las peticiones repasan una vez más, trabajosamente, las preocupaciones mayores, como la aplicación de las penas y las relaciones con el mundo de fuera. Pero se les suman los problemas secundarios recurrentes en el penal: que venga un imán y que se acondicione un lugar de culto para los musulmanes, que la televisión sea gratuita, que se abra el polideportivo los domingos. ¡Deporte, televisión y religión, viva el opio de nuestras vidas sin vida!
Anónimas, salidas de la tierra incógnita de las precauciones, las dos hojas están ahora a la vista de todos encima de la mesa de la biblioteca. Muy a la vista. Las caras están serias. Nadie habla ya a tontas y a locas. En vez del barullo habitual hay cuchicheos inquietos. Incluso Nono está callado.
—¡Esto ya está en marcha! —suelta el Glotón, hablando consigo mismo. Seguramente para convencerse de que habrá que volver a pagar.
Solos o en grupos pequeños, los presos leen y vuelven a leer. Aunque todos saben que las palabras no tienen ya importancia. Ya están echados los dados. Ahora ya sólo se puede decir «participo» o «no participo».
Durante todo el día, los rumores más extravagantes corren por las galerías. Se desmienten, pero nadie sabe bien lo que va a pasar. Los hay que bromean. Otros se callan. Con las manos en los bolsillos. Tozudamente.
A las cuatro, los caballistas dan la última vuelta a la pista.
—Yo me voy derecho a la celda —dice uno de ellos con desconcertante orgullo—. No puedo quedarme, estoy esperando el traslado a una cárcel que no sea de seguridad.
Y otro, uno de los fanfarrones de los «chabolos»:
—El director me ha prometido que me va a quitar de la lista de los DPS.
—Fíjate en esos cagados —despotrica Rene—. Si hubiésemos sido siempre como esos acojonados todavía iríamos de uniforme de rayas y con zuecos.
17h45. José asoma la cabeza por la puerta. —¡Ya está! ¡Los del A han ocupado el polideportivo! —¿Hay muchos? —Lo menos cincuenta.
Zafarrancho de combate. La gente se reúne a trancas y barrancas en el patio de los Coloreds. La mayoría se agolpa a la sombra de la parte cubierta. Los trulleros dejan en nuestras manos la planta baja con tanta facilidad que no parece que haya que esperar que vayan a entablarse conversaciones.
Las nubes bajas, la llovizna. Ya es de noche.
—Me he puesto dos jerseys y el anorak por si acaso...
—Yo llevo manzanas en la mochila... Por si la cosa se alarga.
Fred, a quien preocupa que el asunto se tuerza o que los más nerviosos se pasen, toma la palabra para volver a exponer las consignas de la acción. Encaramado a una pila de cajones, Kiki charla, por encima de las verjas, con los ocupantes del polideportivo.
—En total, rondamos los cien; las dos terceras partes de los presos...
La mitad del pabellón B, que da al patio y al polideportivo, está a oscuras. Los presos que han vuelto a sus celdas se ocultan en la sombra. Me imagino con qué elaborada dosificación de vergüenza y contento individualista, puesto que, acabe como acabe la lucha, serán los primeros en sacarles partido a las mejoras que se consigan. Pasa el tiempo. En el patio cubierto, un frágil cuchicheo recorre la masa informe de los rebeldes. Algunos están sentados; otros sólo apoyados en la pared. A veces estallan algunas risas y retumban en la oscuridad. Y también están los que dan vueltas y más vueltas. Resueltos. Están calados, pero siguen caminando. Estoy seguro de que, si es necesario, seguirán en esa ronda vana hasta que se haga de día.
Están aquí los de siempre. No falta ni uno de los de la Sierra. Algunos veteranos y los árabes jóvenes. Algunas presencias nos dejan sorprendidos; hay incluso un «caso feo» como suele decirse. ¡Y en primera línea!
—En la lucha, todos los gatos son pardos —susurra Rene.
Y hay ausencias que llaman no menos la atención; personas bien conocidas, «rebeldes», dirán los ignorantes, «valientes». Esta noche los valientes recapacitan en la oscuridad de su celda silenciosa. De pie encima de la cama, están pendientes de los acontecimientos.
La fría llovizna se hace más intensa.
En la oscuridad, unos gendarmes que empuñan fusiles de asalto han limpiado la planta baja del pabellón, la entrada al pasillo y la puerta de seguridad. El director, en compañía de unos cuantos clones administrativos, hace una entrada en escena muy cuidada desde la puerta del paseo. Todos llevan gabardinas largas que se parecen a los guardapolvos de las películas antiguas de Sergio Leone. Nos juntamos despacio, para formar un único bloque, codo con codo en varias filas. Un cuadrilátero de hombres mudos.
—¿Alguien pide la palabra antes de que intervengan las fuerzas del orden?
La propuesta es tan extravagante que surgen sarcasmos a voleo, como si una jauría de perros mojados se sacudiera el agua. Apenas han transcurrido unos segundos cuando una brigada de policías nacionales entra en el patio en fila india. Oscuros. Con escudos grandes que relucen bajo la lluvia y porras de ébano. Reglamentarios. Listos para pasar revista.
—Nono, te habíamos dicho que te íbamos a dar una merienda de cumpleaños. Aquí llegan las galletas.
—¿Para qué os habéis molestado?
La voz le sale temblona y levanta en su entorno risas sofocadas.
Las siluetas negras juegan a sombras chinescas en las chapas de acero gris. Ahora golpean con las porras en los escudos. Ese sordo compás me devuelve, en un cegador flashback, a las encerronas en que acababan las manifestaciones. Toulouse, otoño de 1970. Los resplandores purpúreos de aquellas noches me pasan ante los ojos. Pompidou cenaba en el Capitole. Los chinos y los ácratas, los rojos y los negros, nos habíamos reunido en la esquina de la calle de Les Lois con los soportales, detrás de una barricada más simbólica que bélica. Aunque la primera carga no consiguió echarnos de allí. Pero la segunda, en cambio, nos desbordó. Vaciamos entonces a toda prisa los bidones de gasolina que unos cuantos previsores habían traído. El resplandor cegaba. Las llamas treparon por las paredes de ladrillo rojo con un zumbido de avispas enfurecidas. Rabiosamente iconoclastas, manchaban de hollín el balcón de Saint-Exupéry y demás pilotos de los tiempos de los vuelos postales. La barrera de fuego nos permitió retirarnos a las calles vecinas y hacia el campus de L’Arsenal. Fue un alegre galope. En cada esquina nos dispersábamos a derecha e izquierda, de forma tal que sólo tres o cuatro fuimos por el camino más largo, pasando por la facultad de letras. Cálculo erróneo. Al desembocar de Saint-Sernin, apareció un Land Rover a toda velocidad. Yo iba corriendo por el centro de la calzada y era inevitable que nos topásemos. El golpe me lanzó contra la barrera de los coches aparcados. El violento golpe no me atontó del todo. Con un reflejo defensivo, me metí debajo del vehículo contra el que había chocado. El Land Rover de las Compañías Republicanas de Seguridad se detuvo y sólo salió de él una orden:
—¡Hay uno por allí!
Volvió a arrancar en el acto y tras él iban tres autobuses grises. «¡Hay uno por allí!», la consigna retumbaba alrededor de mi precario refugio. Veía con toda claridad las botas rangers de los hombres que me buscaban. Hurgaban, metiendo lo que fuera, entre los montones de cubos de la basura. Corrían por los portales y los patios de los edificios próximos. Se alejaban y regresaban luego al punto de partida.
Estaba tumbado bocabajo, pegando al asfalto todo el cuerpo, empeñado en disolverme en aquella negrura salvadora. El pecho dolorido, el miedo, la carrera... El resuello me balbuceaba un desorden contenido. Algo más allá, en la plaza de Anatole France, comenzaban enfrentamientos. Podían oírse las explosiones de las granadas lacrimógenas y la lluvia de piedras contra el suelo y los vehículos. Eso desvió a mis perseguidores. A mi alrededor, las rangers reunidas formaban filas al compás de los tambores de las porras contra los escudos. Siniestras cohortes. Avanzaban, luego retrocedían, y volvían a avanzar, como una ola oscura. A intervalos regulares retumbaban los tambores, acompañados de pitidos estridentes y del estallido de las granadas. El dolor me abrasaba el pecho. Delante de mí, a pocos centímetros, se me quedaron prendidos los ojos en la mancha antigua de un charco de aceite en el que se ahogaba el arco iris que bajaba de un farol cercano. Aquella aureola de azules cobrizos me hipnotizó. La miraba fijamente, como al damasco de una cuchilla amenazadora, indiferente ya de cuanto sucedía a mi alrededor.
La mancha policroma remedaba las aguas de unas páginas de guarda. ¿De las de mi propio libro, quizá? De mi aventura, de mi ritmo, de mi «fatalidad personal». Algo fuera del tiempo normal, algo sencillo y singular, ajeno a cualquier otra preocupación, la caricia de una vida humana sin duda. La hora de las decisiones auténticas o de los votos religiosos, por decirlo de alguna manera. Pero mañana no será como ayer. Aquel pasado cuyo límite absoluto vislumbraba en aquel momento con tanta nitidez: la irrisoria pantomima de la protesta. Escogí; y recalcaba en mi fuero interno las palabras de esa decisión que respondía como un eco a otras idénticas de miles de jóvenes por toda Europa, de Hamburgo a Milán, de Bilbao a Estambul. Mai piú senza fucile, mai piú senza fucile! Nunca más... Se apoderó de mí una subida de fiebre. Me bajaban por la garganta como una poción ritual, un aguardiente, un agua de claridad virginal. Corrían, suaves y tibias. Me embriagaban hasta la extremidad de mis miembros heridos. Mai piú senza fucile. Me sentía ahito con aquella certeza elemental. Tenía ganas de salir del escondite y de vociferar en aquel tramo de calle tan civilizado: Mai piú senza fucile! Paladeaba todas y cada una de las sílabas de mi determinación: Mai-piú-sen-za-fu-ci-le. Era libre. Libre.
Ebrio por saberme limpio de cualquier cálculo, de cualquier paciencia vana. La insurrección se convertía en el oxígeno de mi aliento vital. Y esta noche, en el patio de los Colored, el tambor de las porras en el plástico de los escudos negros me habla. Me silabea mi mai piú senza fucile, para burlarse de mí, para reírse de mis trabajos forzados, de mis cárceles. Treinta años después, me pregunta: ¿dónde está aquel aliento del espíritu revolucionario? ¿Dónde está? ¿Dónde está el ardor entusiasta de nuestros juegos adolescentes y de las barricadas de aquel soñador lejano?
Ahora avanzan hacia nosotros con la porra en alto, y sonrío. Donde empieza el rechazo vuelve a nacer la memoria de los fusiles. En otros lugares es tan patética nuestra generación, con su compulsiva búsqueda de la amnesia. En cada revuelta de la retirada, tropieza con los cadáveres de los camaradas y con el arrepentimiento de su renuncia. Sonrío y tengo en las fauces la incorregible desesperación de la hemoglobina vagabunda. Y el tumultuoso rumor de la alegría me anega los ojos.
(Jean Marc Rouillan)
lunes, 24 de junio de 2013
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