lunes, 10 de junio de 2013

Odio las mañanas I

«El recuerdo de estas cosas no desaparece. En lo hondo del infortunio, suele haber un hombre... Sería menester que ese hombre siguiera tras vencer el infortunio... Es difícil.» ¿Por qué he querido leer de nuevo Los conquistadores después de treinta años? ¿Por qué? Vuelvo a verme, a finales de aquel verano del 68. Bien entrada la noche. Sentado enfrente de la ventana abierta de par en par, que daba a la oscuridad. Con una linterna en la mano para poder leer. A lo lejos, los vagones de mercancías topaban unos con otros obedeciendo las órdenes gangosas de los altavoces. «Vincularse a una acción grande y no dejarla ya, intoxicarse con ella, obsesionarse con ella...»

Ahí fue donde germinó esta elección, este compromiso, esta entrega total, noche tras noche. A los dieciséis años, a veces, intuye uno la propia historia de una sola vez, como un surco fulgurante, igual que una bala.

El sueño de un destino, de una fidelidad poética. Algo que rebase, aunque sólo sea un poco, esa vida de insecto obtuso que nos espera.

Entre escalofríos nocturnos, disfrutaba de mi elegido devenir. De esa rebelión que me acuna y me acunará en adelante como el latido de otro corazón más. Un corazón más ancho, más allá de nuestra caja de música interna, de ese manantial mínimo.

Necesito un órgano capaz de palpitar en pos de torrentes que sepan ser rabiosos e imperiosos. Que esté a la altura de la certidumbre de que la única acción grande de nuestra época no puede ser sino el rechazo del propio sistema. El rechazo del embuste espectacular, de esta comedia tiránica y del parloteo ensordecedor que gangrena todas las mentes para convertirlas en inconcretas esponjas que aceptan indolentes el flujo y reflujo de las mareas, lo mismo que sentidos únicos.

Todo cuanto constituye lo uniforme, lo integrado, lo correcto, lo me-reconozco-en-los-demás-que-sufren-como-yo. ¡Este respeto por las cadenas, por los límites, por las fronteras, por la absurda servidumbre, todo eso, todo! Lo rechazo. Lo rechazaré a cambio de la esperanza «de llegar a la sensación de una existencia más realmente humana». Rehusaré la lógica de la mercancía, ese perpetuo intercambio entre el comprador y lo comprado, el vendedor y lo vendido. En la metrópoli, te doy mi vida y tú me das un poco de dinero, sólo lo suficiente para que siga vivo y me olvide hasta de la última gota de mi vida de hombre. Para que me olvide de mis deseos auténticos y no de los que me marcan las máquinas de consumir. De consumir ilusión. Tú, la diosa despótica, me atiborras todos los días con paletadas de cotidianidad determinada de antemano y con los pertinentes avales, de la misma forma que Jacques Lantier atiborraba hasta arriba a su locomotora Lison. No nos dejas ya ser ni bestias humanas ni nada.

Hacemos lo que nos ordenas, vestal carnívora, lo que nos impone tu dictadura y lo que aceptamos con la irrisoria certeza de quienes aún creen que pueden decidir a tenor de la propia voluntad.

Matrona Propaganda, has proscrito todo espíritu crítico de este mundo convertido en templo agnóstico de lo artificial. Tu sistema devora en cada momento cualquier relación entre los hombres, cualquier frágil intento de aislarse, de alejarse, de huir, de desaparecer. Todos estamos acorralados entre la espada y la pared. Y con la indecisa inconsciencia del adolescente, decidí no consentir en que me apiolasen la aventura antes de empezarla. Di un paso al frente hacia los fusiles apuntados.

Unos meses antes, una autoridad situacionista había escrito: «Puesto que la sociedad ha destruido cualquier posible aventura, la única aventura posible es destruir la sociedad.»

La misma noche en que lo leí me fui a la calle sin hacer ruido y pinté en letras mayúsculas esa sentencia en el frontón gris de una fábrica. Con amplias pinceladas. Con desmedido corazón de predicador. De profeta.

Por entonces, nuestros gritos en las paredes lanzaban un mensaje tan poético como protestativo. Ahora, los jóvenes pintan con sprays sus motes, o el nombre de su clan, estilizando las letras como si se tratase de una marca de cigarrillos o de sopa de lata. Aceptan, a su manera, la condena consumista. Y ese producto sin etiqueta intenta en vano, llegada la noche, convertirse en publicitario.

Tendido en la cama, aparto el libro y dejo caer la cabeza en la almohada. Me van invadiendo pensamientos fraseados, como entra el agua en un barco que se hunde. Es un sálvese quien pueda. Me incorporo airadamente. Tengo que librarme de esta marea de palabras que me hace naufragar, que me trastorna. Huyo del peligro de ahogarme y, al hacerlo, no sé ya si tengo que salir corriendo o si debo intentar tapar el puchero carcelario que hierve. Empujo la puerta con ambas manos, estirando los brazos. En vano. Las olas barren el obstáculo. Noto ya cómo me suben las palabras por las piernas y por los brazos, en columnas de sílabas procesionarias y ciempiés sintácticos. Las menudas mandíbulas negras de los alfabetos insectoides me dejan en los huesos.

Acabo de vestirme mientras camino por la galería a oscuras. Los cristales blindados me devuelven el espantajo trémulo de mis convulsiones. El ojo electrónico me ha localizado. La puerta automática se anticipa a mi requerimiento. ¡Clac! Me meto desordenadamente por la escalera. La puerta azul. ¡Clac! Soy el bicho que sale del túnel oscuro del toril. Llevo la marca de la garrocha. Voy con el morro adelantado, listo para cornear el trapo rojo.

Enfrente, la sala de la lavadora está vacía. El rincón de los «porteros» también. Y están desiertos los pasillos de los «manguis» y los «chabolos»... ¿Dónde están? La cárcel parece abandonada; el radiador de los nativos de Reunión semeja un animal doméstico postrado a la espera de poder hacer fiestas a los amos cuando regresen.

Al grupo de los de Reunión lo deportaron una mañana de invierno. Llegaron con sus mínimos petates, ateridos, apenas vestidos con camisas playeras. Desde entonces, se están muriendo de la friura del prolongado exilio. Lógicamente, escogieron un radiador para echar el ancla. Junto a él se apelotonan, hombro con hombro, metiendo las manos entre los tubos metálicos tibios.

Le regalamos a Jojo el hombre de la selva un anorak de esquimal y ya no se lo quita; lleva la capucha calada hasta la triste mirada de brasa.

—¿Has visto al capitán Iglú?
—¡Ha ido buscar ganja jamal!

Hay que quemar mucho jamal para conseguir los sueños del eterno retorno.

(Jean Marc Rouillan)

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