Nada difícil y doloroso desaparece por siempre. Se aleja, se hace pequeño, se oculta y vuelve a crecer. A saltarte a la cara desde una esquina.
Inseguridad, inseguridad, inseguridad...
¿Qué hago yo ahí? No pinto nada. ¿Qué tengo que hacer? No sabré hacerlo. ¿Qué quiere? Conmigo, nada. No vales. Lo he escuchado tantas veces que no puedo parar de creérmelo.
La cago, me esfuerzo, la vuelvo a cagar. Me escondo. Estoy cansado y no puedo dormir. Cansado. Tan cansado. Y nada sale bien nunca. ¿O nada ME sale bien?
¿Para qué me esfuerzo? ¿Qué busco? ¿De qué sirve? No grito, ni siquiera me siento con el derecho de gritar. Todos dicen estar tan mal aunque estén bailando y yo ahí, quieto, incapaz de moverme, me aguanto. Escucho. ¿Escucho porque yo también tengo algo que decir o porque ni siquiera puedo abrir la boca? Quizá porque hablar siempre ha empeorado las cosas.
¿Me callo o en realidad nadie me escucha? Me asusta la respuesta. La incomprensión me tiene jodido: En ti apenas confío aún. Tú no escuchas, cabrón. A ti imposible, siento un absoluto vacío al contarte. Con vosotros no, realmente no tengo derecho. Demasiados sentimientos encontrados contigo, sólo nos hacemos daño. Y tú, que siempre estuviste, no quieres hablar conmigo (lo entiendo).
Con el resto... no puedo, joder, no me sale. Es tan fácil cerrarse que al final apenas queda nadie. Una única (y gran) persona... que se larga. Genial. Pues de eso sí que no tengo derecho a quejarme, ya exijo demasiado.
Definitivamente: Abrirse es perderlo todo.
Cierro la puerta. Debería estar sobando y no escribiendo esta mierda.




Una se pregunta cuál es el pronombre que le toca. O si le toca alguno, siquiera.
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