Mírame
aprovechando mi vida, creyendo que soy yo quien controla mis decisiones
y acudiendo puntual a cualquier oferta que me llegue a través de todo
ese montón de medios de difusión masivos.
Mírame aprovechando cada minuto, escuchando cada segundo, atendiendo
todo el tiempo cada vez que se suena los mocos, cada vez que tose,
anotando cada indicación que realiza en su pizarra, mírame estudiando.
Mírame aspirando a independizarme, o mírame tratando de que mis padres
se enorgullezcan de mí, o mírame, triunfando, autosuperándome, buscando
ese trabajo que me guste y me permita creer que soy feliz y sorprenderme
cuando, después de todo, aún siga aburrido.
Mírame siendo un ciudadano responsable y acudiendo a votar a
cualquier líder político que se exprese de manera que yo entienda que va
a beneficiar a mi bolsillo en los próximos cuatro años y va a
satisfacer mi creciente frustración personal y mi profundo sentimiento
de culpabilidad mal llevado y rudimentariamente oculto bajo una espesa
capa de autocomplacencia.
Mírame tratando de mantener mi atractivo eternamente, gastando
grandes sumas de mi sueldo mensual más comisiones e incentivos en crema
hidratante, loción anti-arrugas, y tinte capilar.
Mírame creyendo que seré perfecto algún día y que el hecho de
torturar y confundir de manera increíblemente sofisticada a la par que
cruel a mi descendencia, mientras la desequilibro siguiendo el
procedimiento que usaron en el pasado mis padres conmigo, es decir,
volcando en ella todo el dolor y los traumas de un nacimiento y una
infancia artificiales y espantosos, la llevará directa hacia la
felicidad, esa cárcel en la que intento día a día y noche a noche
encerrarme.
Mírame, tratando de pisar firme, y llevar la cabeza bien alta,
demostrando al mundo que un complejo de inferioridad puede manipularse
para aparentar que uno se siente bien y seguro consigo mismo y así poder
ligar con ejemplares autómatas iguales que yo en el trabajo o en
cualquier otro lugar, aunque no llegue a nada, aunque sólo sea por
demostrarme que aún sigo siendo joven, atractivo, fuerte y deseado,
aunque sólo sea para añadir a mi aburrida vida un poco de emoción al
imaginar a la persona a la que no conozco pero con la que,
incomprensiblemente, me casé, descubriéndome.
Mírame. Y suéltalo de una vez, porque sé que lo has pensado y lo
llevas dentro, tratando de escaparse de entre tus cuerdas vocales,
buscando la luz, una salida, desde que comencé a decir todo esto.
Mírame y dime. ¿Cuánto nos parecemos?
martes, 28 de mayo de 2013
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