domingo, 26 de abril de 2020

Igor: enfermedad y juego


Enfermedad y juego tienen una larga relación en mi vida. Los días de arcadas, fiebre y manta en mi mente se asocian con tiempo de juego. La pandemia global los ha vuelto a poner de acuerdo, pero en una relación novedosa. Estamos encerrados, condenados sin remedio a sobrevivir entre cuatro paredes durante semanas que se convierten en meses. En ese contexto, la única salida al mundo parece ser la ficción. La narrativa interactiva aporta una dimensión extra a la de la lectura y el cine: Podemos intervenir, tenemos cierta agencia, existimos.

Hay múltiples razones para el juego. Aprender, disfrutar, experimentar algo que de otro modo no nos sería posible. Cuando la enfermedad reduce nuestras capacidades (incluso en un momento cómo este, en que la enfermedad es más social que personal, y la reclusión es asumida colectivamente) el juego evade del espacio cerrado en modos diferentes. Los juegos sociales nos llevan a compartir experiencias. Los juegos narrativos nos atrapan en su historia. Los juegos abstractos ejercitan nuestros sentidos. Son solo ejemplos.

Recuerdo con especial cariño Igor, Objetivo Uikokahonia, que terminé durante una gripe cuando era un crio. Me alimentaba de suero porque no podía comer nada sólido sin vomitar. En ese estado patético, me dedicaba a mirar la pantalla de mi primer Pentium y a tratar de resolver unos puzzles sobre un universitario sin dinero que tenía que engañar a sus compañeros ricos. 

Quizá fue el principio de mi pasión por las aventuras gráficas, la capacidad de distraerme del malestar interno y construirme recuerdos gratos.

viernes, 3 de enero de 2020

Calma


Nos encontramos cuando no tenia que ser,
¿cómo hacer? Si las coordenadas no cuadran,
Se cruzan caminos, pierdes el norte,
Y con las ganas no sabes volver.

Supongo que tenia que haber controlado, yo que se...
A veces la vida no se me da bien.
Ya escucho a los monstruos, mis monstruos,
Me comen por dentro eso ya me lo se.

Quisiera correr hacia atrás.
Pensar las cosas mejor.
Pa' luego sentirme bien.
A fuego en la piel, mucho que aprender.

No quiero caer en el mismo lugar hoy también
¿Cómo encontrar la calma que busco y no volverla a perder?

(Buenos Aires, 2020)


viernes, 22 de noviembre de 2019

Paseando por Nueva Crobuzon


Me siento reducido, compelido a adorar esa extraordinaria presencia parida en el encuentro de dos ríos. Es la vasta contaminación, es hedor, es un claxon chillando. Gruesas chimeneas vomitan polvo hacia el cielo, aun a esta hora de la noche. No es la corriente la que nos arrastra hacia la ciudad, sino su peso. Débiles gritos, las llamadas de la bestia aquí y allá, el martilleo obsceno de las grandes máquinas fabriles. Las vías férreas recorren la anatomía urbana como venas prominentes. Ladrillo rojo y paredes oscuras, iglesias achaparradas y cavernícolas, toldos rasgados batidos por el viento, laberintos empedrados en la zona vieja, callejones sin salida, alcantarillas surcando la tierra como sepulcros seculares, un nuevo paisaje de desperdicio, piedra machacada, bibliotecas ahítas de libros olvidados, viejos hospitales, torres, barcos y garras metálicas que alzan los cargamentos del agua.

La estación de la calle Perdido, China Miéville

lunes, 8 de abril de 2019

404



Busco esperanza
en mis semejantes
reconocerme entre los charcos.

Oigo vibrar a la mar
en las noches tristes
cuando se calla el viento.

Morir siendo un vagabundo en París
como Oscar Wilde
y salvar el Olympia
como Edith

Quiero quemar
la culpa y gritar
'Non, je ne regrette rien'.

No va a salir bien.
No va a salir bien.
No va a salir bien.

Lástima de astillas en los dedos
de nudos marineros
que no me dejan ir.

Todos somos víctimas del miedo
del vértigo a la inmensidad
de la existencia.



sábado, 10 de noviembre de 2018

Dystopia now

“Power is in inflicting pain and humiliation.

 Power is in tearing human minds to pieces and putting them together again in new shapes of your own choosing.

Do you begin to see, then, what kind of world we are creating? It is the exact opposite of the stupid hedonistic Utopias that the old reformers imagined. A world of fear and treachery and torment, a world of trampling and being trampled upon, a world which will grow not less but more merciless as it refines itself.

Progress in our world will be progress towards more pain. The old civilizations claimed that they were founded on love or justice. Ours is founded upon hatred. In our world there will be no emotions except fear, rage, triumph, and self-abasement. Everything else we shall destroy, everything.

Already we are breaking down the habits of thought which have survived from before the Revolution. We have cut the links between child and parent, and between man and man, and between man and woman. No one dares trust a wife or a child or a friend any longer.

But in the future there will be no wives and no friends. Children will be taken from their mothers at birth, as one takes eggs from a hen. The sex instinct will be eradicated. Procreation will be an annual formality like the renewal of a ration card.

We shall abolish the orgasm. Our neurologists are at work upon it now.

There will be no loyalty, except loyalty towards the Party. There will be no love, except the love of Big Brother. There will be no laughter, except the laugh of triumph over a defeated enemy. There will be no art, no literature, no science. When we are omnipotent we shall have no more need of science. There will be no distinction between beauty and ugliness. There will be no curiosity, no enjoyment of the process of life. All competing pleasures will be destroyed.

But always -- do not forget this, Winston -- always there will be the intoxication of power, constantly increasing and constantly growing subtler. Always, at every moment, there will be the thrill of victory, the sensation of trampling on an enemy who is helpless.

If you want a picture of the future, imagine a boot stamping on a human face -- forever.” -O'Brien

George Orwell, "1984"

lunes, 5 de noviembre de 2018

Noviembre, cuando los muertos celebran la vida



"las civilizaciones Quechua, Aymara, Maya, Azteca, entre otras, explicaron la “muerte”, como parte de un ciclo de la Vida en constante regeneración. Mas no como un fatal final, o fracaso existencial. Por eso, incluso en nuestras comunidades bautizadas la “muerte” de un ser querido no se llora, se celebra con fiesta. Abundante comida, bebidas y música.

Quienes fallecen y se reincorporan al vientre húmedo y fresco de nuestra Madre Tierra no desaparecen de nuestra convivencia cotidiana. Ellas y ellos, renacidos a una nueva dimensión existencial, diferente a la nuestra actual, continúan siendo “sujetos” en y para la comunidad cósmica, con sus derechos y obligaciones. Continúan siendo sujetos históricos colectivos, acuerpando e impulsando las inconclusas historias familiares y/o nacionales.

En nuestras filosofías, las y los “difuntos”, no desaparecen, ni se van. Existen y coexisten con y entre nosotros/as hilvanando una infinidad de interrelaciones en la comunidad cósmica y humana. Esta es nuestra mayor certeza que difumina en nosotros el tenebroso miedo a la muerte."

Ollantay Itzamná

viernes, 20 de julio de 2018

Próxima estación

—Tranquila, ya vas a ver, sólo espera a que lleguemos.
De manera intermitente, la luz naranja del túnel iluminaba las caras de las dos hermanas.
—Ya verás —Repitió Irene—. Hay tiendas de juguetes grandes como una casa.
La pequeña Marina abría enormemente los ojos ante la perspectiva que dibujaba su hermana.

El metro las transportaba velozmente en dirección a Zaragoza, acompañadas de sus padres.
—Aún me impresiona poder recorrer España en metro, ¡y a esta velocidad! —dijo Javier.
—Sí, aunque echo de menos la superficie, respirar algo de aire. —Pedro recordó los viajes en coche que había hecho de joven. Ahora el calor hacía intransitable la meseta durante el día, y muy pocos disponían de vehículo privado.
— Tranquilo, gordo. Enseguida estamos.

De repente, una voz sonó por los altavoces anunciando una parada imprevista por problemas técnico en una estación de nombre irreconocible.
—Vamos afuera —dijo Pedro con una sonrisa cuando el tren se hubo detenido por completo.

—¡Juguetes! —Marina estaba ansiosa por encontrar las maravillas de las que hablaba su hermana.
—No, tonta, no es aquí —Contestó Irene. Ya en la superficie, las dos descubrieron a su alrededor amplias praderas de campo, un paisaje con casas visiblemente abandonadas y sin comercios.

—¿De dónde vienen ustedes? —les preguntó una señora que jugueteaba con hebras de paja entre sus manos.
—De Madrid —Respondió sonriente Irene, mientras sus padres asentían.
—No encontrarán ya mucho por aquí. Los trenes pasan ahora bajo tierra y raramente paran.
En realidad estaban prendidos del inesperado paisaje, decadente pero hermoso.
—¿Queréis un regalo, canijas? —la mujer les mostraba unos mimbres atados con forma de perro. Ellas aceptaron el regalo ilusionadas y le dieron las gracias. En Madrid nadie regalaba ya nada, y menos juguetes.

Justo en ese momento sonaba el silbato del tren, que les llamaba de vuelta. Se despidieron con prisa y descendieron de nuevo a las profundidades. El lujoso metro no tardó en arrancar de nuevo hacia el destino esperado. Toda la familia partía ahora con el convencimiento de dejar atrás un pliego del espacio, un lugar  secreto que sobrevivía incomunicado.