-¡La puta vida!
De un portazo destrozó sus ilusiones. Y le había dolido.
El
día había amanecido inigualable, por fin alguien se interesaba por sus
trabajos y en el contestador había más de tres llamadas. Todo perfecto.
Había colocado lentamente sus dibujos en una carpeta, había salido de casa y en el ascensor se había encontrado con la sensación de que hoy era el día.
—¡Hola pequeña emoción agradable! Hacía tiempo que no te sentía. Cuando se abrieron las puertas corrió hacia su cita.
Él estaba sentado en la terraza de la cafetería, tenía un aspecto inflexible, inteligente, interesado. Ella también se sentó, sonrió y le pasó los papeles. Él comenzó a
mirar sus obras, a observarlas con detenimiento, a pasar uno por uno los años de su vida.
No le gustan —pensaba ella en el momento en que una gota mojaba el folio. Él cerró inmediatamente la carpeta y miró al cielo.
¿Gotas? No,
no puede ser, no puede ponerse a llover ahora... Por un momento él dudó. Ella también. Él reaccionó antes y, alargando la mano, le devolvió los dibujos. Quedó en llamarla para reunirse otro día, uno en que hiciera mejor tiempo. A
ella un podemos ir dentro se le ahogó en la boca. Mientras, rompía a
llover más fuerte. Él se despidió, se dio la vuelta y encogió los hombros.
Ella se puso en
el momento a ser muy infeliz. ¿Qué le quedaba ahora? Una carpeta llena
de papeles. Papeles mojados.
(Abril 2005 - Corregido Junio 2015)