"Al imponerse una concepción racional del
mundo a la cosmovisión religiosa, la naturaleza quedó desacralizada y el
mundo, desencantado. Perdió todo su significado y en adelante la
contemplaron con indiferencia como un objeto inerte y una materia prima;
en suma, como un almacén de recursos. El antagonismo entre una
naturaleza despojada de sentido y una civilización expoliadora quedó
plasmado en una serie de conceptos ambiguos como el éxito, el bienestar,
el desarrollo o… el progreso. La actividad humana dejó de celebrar la
relación misteriosa con la naturaleza y pasó, no a considerarla
racionalmente tratando de aprehender su verdad para poder así guiarse,
sino que procedió a su dominación. Entonces, al convertirla en un objeto
de explotación sin límites, lo realmente conseguido fue la adaptación
forzosa de los individuos a un medio social coactivo engendrado durante
el proceso. El progreso se pagaba sometiendo la vida a la
racionalización pragmática impuesta por la mercancía y el Estado en la
que los medios se confundían con los fines: la vida obedecía al
progreso, no al contrario. La vida esclava del progreso era un crisol
donde se fundía la razón objetiva y se evaporaban todos los conceptos
que constituían su núcleo: verdad, justicia, felicidad, igualdad,
solidaridad, tolerancia, libertad… Tal como concluía Horkheimer, “el
dominio de la naturaleza incluye el dominio sobre los hombres.” La
tiranía ejercida sobre la naturaleza trajo como consecuencia la sumisión
y el embrutecimiento simultáneos del ser humano. El vaciado de la
conciencia se deducía de la concepción mecanicista del hombre. Ya el más
extremista de todos los filósofos materialistas, La Mettrie, concebía
al ser humano como una máquina que se montaba ella misma sus resortes, y
consideraba el pensamiento como un subproducto de la actividad mecánica
de importancia menor. Tal inaudita concepción, formulada a mediados del
siglo XVIII durante la lucha intelectual contra los sistemas
metafísicos y las religiones, fundaba científicamente la manipulabilidad
de la especie humana, cosa que las clases dirigentes de la posteridad
tomaron muy en serio. Por ironía de la historia, la religión no saldría
perdiendo. Un siglo más tarde, el álgebra de Boole, que hizo posible la
simulación mecánica del pensamiento humano, redujo éste a una simple
representación matemática, persiguiendo ni más ni menos que la
“revelación de la mente de Dios.” Si ascendemos por el camino de la
matemática binaria, sin lugar a dudas, los ordenadores digitales nos
acercarán más a la divinidad, que ya no está en los cielos, sino en el
espacio virtual."
Extracto de Media noche en el siglo. Apuntes contra el progreso.
Noviembre de 2012.
Miquel Amorós.